jueves, 1 de marzo de 2012

TONY

(Artículo perteneciente a la selección “Torre del Faro”, publicada en 1992)


Si hoy aúpo hasta aquí a un hombre menudo y de pelo escaso, de andar despacioso, con la espalda un poco vencida por el peso de los trabajos y los días, y que parece siempre concentrado en algo y hasta un poco triste en ocasiones, es porque le considero un maestro en tres cosas importantes: en periodismo, en humor, y en amistad.

No recuerdo exactamente de cuándo conozco a Antonio de la Cruz, "Tony". Pero es de tantos años atrás que ya, más que conocimiento, lo que hay entre nosotros es un entrañable cariño. Durante esos años, hubo ocasiones en que tuvimos que acompañarnos en duelos y también compartir alegrías. Y estas cosas unen a los hombres.

Muchas noches, ya de madrugada, cuando el látigo del insomnio me mantenía despierto tecleando en mi máquina de escribir, cigarro tras cigarro, oía yo por mi ventana abierta a la calle de la Marina los pasos de alguien que se aproximaba por la acera. Y casi siempre era Tony que regresaba a su casa después de su trabajo en la redacción de El Faro. Entonces yo paraba de escribir, me salía a mi balcón y tosía para que él me oyera y levantara la cabeza hacia mí. Todo se hallaba en silencio. El puerto era una hermosura con sus luces reflejándose en el agua. Al fondo, en la bocana, las farolas de la Puntilla y de Alfáu se encendían y se apagaban intermitentemente, como dos duelistas enfrentados disparándose sus balas rojas y sus balas verdes. Y las palabras que Tony y yo nos cruzábamos, él abajo en la calle y yo arriba en mi balcón, se quedaban flotando en el ambiente, reinas por unos instantes de la soledad y el sosiego de la noche. Luego, Tony se iba a dormir mientras yo me quedaba un tiempo más, a solas con mi tabaco y mis esfuerzos por escribir algo o encontrar el sueño. Pero aquellos paréntesis en mi tarea, aquellos breves diálogos que manteníamos entre su cansancio y mi vigilia, me servían para sentirme menos solitario.

Por eso traigo hoy a Tony a esta columna, en vísperas del homenaje que se le va a ofrecer. Lo traigo para sentirlo próximo a mí, para que su magisterio me contagie, para que su humor me divierta. Y, sobre todo, para que su amistad me conforte. Pues ya lo escribí una vez, sobre una pared de la antigua redacción de El Faro, Y ahora lo repito: ¡TONY ES...TONIFICANTE!






Antonio de la Cruz Agusti, "Tony", (primero por la izquierda en la foto superior), falleció en Ceuta el 16 de enero del 2006, a los 82 años de edad. Una escultura en Ceuta mantiene viva su memoria.

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