martes, 21 de febrero de 2012

LOS PECES Y LA ESPERANZA

(Relato galardonado con el Premio "Hucha de Plata" 1973 otorgado por la Confederación Española de Cajas de Ahorros. Dicho relato formará parte posteriormente, en 1987, de la antología del autor, "Relatos", publicada por el Ilustre Ayuntamiento de Ceuta)


A Francisco Rodríguez Aguilera, “Pacorro”, en una silla de ruedas, por su coraje y voluntad de superación.


Las piernas le colgaban del asiento, bamboleándose flácidas, como si en vez de carne y hueso aquellas dos fundas de piel tuvieran dentro sólo algodón o aserrín. Su hermano, casi de su misma edad, doce o trece años, le empujaba la silla de ruedas y lo llevaba por toda la feria.

Primeramente, estuvieron durante un largo rato junto al tiovivo. A él le gustaba escuchar aquella música del manubrio que sonaba igual que la de una cajita que le habían regalado las monjas del hospital cuando lo operaron la última vez. Los caballitos de colores, clavados en la plataforma giratoria por unas barras doradas, simulaban su imposible galope en el carrusel, pero si él cerraba los ojos podía imaginar que galopaban de verdad por un bosque iluminado, llevando sobre sus lomos a niños felices con trompetas y estandartes, e incluso a él mismo sobre uno blanco de larguísimas crines.

Fueron después a los columpios de barcas. Aquellas pequeñas naves con añoranzas de mar bailaban un desacompasado ballet de péndulos gigantes: las más tímidas oscilaban en un breve arco; las más audaces, con el ansia de escaparse, casi cerraban el círculo en el vaivén y llegaban hasta poner sus quillas frente al océano inalcanzable del cielo pero, en cada vuelo, las tirantas de hierro las anclaban al revés, o sea, desde las bordas a la punta del mástil, fijándolas así a su corta navegación por el aire.

Luego se dirigieron a la noria de las cuatro cunas. Dos hombres la volteaban a brazos mientras un muchacho pelirrojo hacía sonar rítmicamente un bombo y unos platillos. De vez en cuando el muchacho dejaba de tocar y preguntaba gritando: "¿Queréis máaas...? Todos los que iban en las cunas contestaban gritando también: “¡Síiiiiii!, y continuaba el chin-chin-pum mientras la noria giraba y giraba entre risas y chillidos.

Cuando había mucha gente delante del sitio a donde él quería asomarse, su hermano pedía por favor a los de más atrás que le hiciesen un hueco y por allí iba metiendo la silla, como una cuña en la muralla de sus cuerpos, hasta situarla en la primera fila. Esto le divertía, las maniobras que realizaba su hermano para abrirle paso como a un rey. ¡Qué tío mi hermano -pensaba-, cómo se las ingenia para colarme por todas partes!...

Lo que menos le gustaba eran los grandes aparatos de vértigo y zarandeo: le aturdían. Y las tómbolas donde rifaban toda clase de objetos y muñecos enormes. En ellas -pensaba- no había que hacer más que comprar unas ristras de números y esperar a que una rueda gigante se detuviera. Lo que importaba a la gente era el premio, no la manera de conseguirlo. Tampoco le gustaban las casetas donde se exhibían los monstruos, una mujer barbuda, un niño con una cabeza descomunal y sin piernas, un cordero sin ojos... Solamente con ver las pinturas o fotografías que los anunciaban, ya se sentía conmovido. Así que pidió a su hermano que le llevase al puesto de las cañas de pescar.

El hombre tenía el gesto hosco de cansancio o desaliento, malhumorado quizá por las escasas ganancias de aquella tarde. ¡Por un duro, premio seguro! -voceaba de mala gana con una bocina de latón. Y ofrecía a los transeúntes unas cañas con hilo y anzuelo para pescar en un estanque portátil donde flotaban en el agua unos pececillos de corcho pintados de colorines que escondían un número. Pero los altavoces de una tómbola vecina atronaban el espacio con tanta potencia que la voz del hombre se quedaba encuevada en la bocina sin atreverse a competir en el aire de la feria con todos los otros sonidos estruendosos.

Detrás del puesto, ante una vieja y despintada furgoneta que servía de vivienda y para cargar los bártulos, la mujer recosía una lona para el tenderete, cuidando además de tres críos churretosos y sanotes que, medio desnudos, se revolcaban por el suelo a su vera. -¡Hoy no vamos a sacar ni los veinte duros, maldita sea!, mascullaba el hombre. Y la mujer apartaba entonces los ojos del remiendo y de la prole para mirar a su marido, o bien se levantaba para llevarle un vaso de vino y permanecía después un rato a su lado.

Cuando llegaron al puesto, el niño dijo a su hermano que él también quería probar, a ver si pescaba uno de aquellos pececillos.


Un día, su padre los llevó consigo a pescar desde el muelle.

-Lo de menos es el pescado que podamos coger- les explicó-, pues lo que en verdad importa es la esperanza de cogerlo, mientras contemplamos el mar y los barcos que entran o salen del puerto, y las gaviotas, y nos pasamos la tarde en calma y sin prisas... Si cogemos algunos peces, eso será algo además, pero si no lo logramos, nada habremos perdido de todas las otras cosas, ni el regusto de haber estado esperando a cogerlos.

Su padre lanzó un aparejo al agua, y cuando ya la plomada había llegado hasta el fondo, le puso a él en la mano el hilo para que, desde su silla, pudiera notar en los dedos los tironcillos temblorosos que avisaban de que ya en el otro extremo del hilo había unos peces mordisqueando la carnada.

Le resultaba emocionante sentir en su mano la palpitación de otra vida. Aquel fino hilo le unía, a través del agua, a otro mundo diferente, extraño y lleno de misterios. ¿Qué pequeño habitante de la profundidad acudía, por entre algas y oscuras rocas fantásticas, al encuentro de una muerte cierta para que él, otro infeliz, cumpliese una esperanza?, se preguntaba.

De pronto, el hilo se tensó. Y él notó en la mano un tirón violento: un pez se había clavado en el anzuelo.

-¡Ve recogiendo el hilo poco a poco y con suavidad! -le advirtió su padre. Y empezó a cobrar el hilo. Percibía claramente la resistencia del animal y sus cabezadas hacia el fondo, tratando de zafarse del minúsculo garfio hincado en su boca que lo subía hacia el pavoroso resplandor. Su padre le dijo que mirase en el agua siguiendo la dirección del hilo sumergido. Entonces pudo vislumbrar una mancha plateada y rosa que zigzagueaba hacia la superficie. Era su pez. Pero, al instante, el hilo se le quedó lacio en las manos, destensado, aliviado de peso, mientras aquella mancha brillante desaparecía en lo oscuro del fondo.

-¡Ya se te ha escapado! - oyó decir a su padre. Y sintió una extraña alegría.


Su hermano le aproximó la silla de rueda todo lo más posible a la empalizada que circundaba al estanque portátil donde flotaban aquellos peces de corcho. Le resultaba incómoda la postura, con aquella valla delante, así que tuvo que agarrarse con la mano izquierda al brazo de su hermano para avanzar el cuerpo y mantenerse en equilibrio, mientras que con la derecha empuñaba la caña. A pesar de que el hombre había removido el agua del estanque con una paleta para que los peces se balanceasen y fuese más difícil ensartar con el anzuelo las argollas que todos tenían en sus lomos, él estaba seguro de que podría conseguirlo. Le animaba esa esperanza. Pero falló en los primeros intentos y empezó a pensar que aquello era más complicado de lo que parecía. Tenía el pulso torpe y, además, no podía avanzar mucho el brazo por encima de la valla. El hombre lo advirtió en seguida y le cambió la caña por otra más larga. Luego, acercó uno de los peces hacia el borde del estanque.

Pronto se fueron congregando los curiosos en torno al niño, y unos cuantos de ellos pidieron también cañas al hombre. Al poco tiempo, todo el círculo vallado se completó de pescadores y no quedó una caña libre. Las quince cañas disponibles arbolaron el redondel con sus puntas en alto y sus quince hilos pendiendo verticales sobre aquel diminuto mar. La bandada de pececillos, rojos, amarillos, azules, plateados, se mecía en el temblor del agua, y por vez primera en toda la tarde el hombre sonreía satisfecho. De cuando en cuando, algún pescador alzaba su caña y arrancaba del agua un pez. Entonces el hombre lo descolgaba del anzuelo, miraba el número que tenía debajo el pez, y buscaba en una lista el premio que le había correspondido: un llavero, un bolígrafo, un pito, una pequeña pelota,… Luego, volvía a posarlo en el agua, preparado ya para una nueva aventura.

El niño no cesaba en sus infructuosos intentos, pero cada vez se le escurría la argolla cuando ya parecía que la punta del gancho la iba a atravesar. ¡Animo, Paquito! - le decía su hermano. Y aunque ya empezaba a cansársele el brazo y le dolía un poco la cintura, él seguía insistiendo con el mismo afán que al principio.


Uno de los médicos que le atendieron en el hospital, le había dicho, durante los ejercicios de rehabilitación, que la fuerza de voluntad y la esperanza valían, a veces, tanto como la salud. Y él aplicaba aquello a todas las cosas que hacía, incluso a las más insignificantes, porque quería acostumbrarse a esa conducta para cuando necesitase aplicarla a pruebas más duras. Lo de menos - pensaba ahora, recordando las palabras de su padre cuando lo llevó un día a pescar desde el muelle-  era aquel escurridizo pez de corcho y el premio que le correspondía; lo que le importaba era el empeño por atraparlo con su anzuelo y lo bien que lo estaba pasando allí, con toda aquella gente a su alrededor esperando a ver lo que él era capaz de hacer desde su silla de ruedas.

Al fin, cuando ya le parecía imposible ensartar algún pez de aquellos y estaba a punto de darse por vencido, consiguió introducir el anzuelo por una argolla, y elevó la caña con un pez rojo colgado del hilo. Luego, radiante el rostro de júbilo, mantuvo la caña en alto como una bandera, mientras el hombre comprobaba el número del pez.

El hombre repasó la lista de premios y vio el que le había correspondido: un peine de bolsillo que, al por mayor, le habría costado unos cincuenta céntimos. Y se quedó dudando, antes de comunicar al niño cuál era su trofeo.  ¡Si se lo cambiara por otra cosa mejor...!, -pensó.  ¡Pero es que aquella feria le estaba yendo tan mal…! Luego volvió la cara hacia donde estaban su mujer y los tres retoños que se revolcaban por el suelo, jugando como tres infatigables cachorrillos de león. Miró de nuevo al niño que aguardaba su decisión, y vio sus grandes ojos resplandecientes. Entonces, sin pensarlo más, cogió del estante uno de los premios mejores, expuestos allí como señuelo: una estupenda linterna de pilas que le había costado cuarenta pesetas en un bazar de Valencia. Y se la entregó al niño ceremoniosamente, como si le entregara una medalla de oro. Otro de los pescadores que acababa de obtener por su pez un pequeño pito, comentó en voz alta: ¡Vaya suerte la que ha tenido ése!...

El niño se alejó del puesto en su silla de ruedas, encendiendo y apagando su linterna, como una pequeña luciérnaga entre los cientos y cientos de bombillas que ya brillaban en la incipiente noche de la feria. El hombre lo fue siguiendo con la mirada hasta que se perdió entre el gentío. Y sonriendo de verdad porque volvía a encontrarle un sentido a su oficio, cogió la bocina y voceó sin temor a los altavoces de la tómbola:

-¡Por un duro, premio seguro!... ¡Por un duro, premio seguro!...

Cuando la mujer se acercó otra vez a su marido, lo halló transfigurado y hermoso, como un ángel: había encontrado de nuevo la esperanza.



(Ilustración a cargo de Julio Ruiz Núñez para el presente cuento, publicado en la antología "Relatos", de 1987)


(Ilustración a cargo de Antonio San Martín Castaños para el presente cuento, publicado en la antología "Relatos", de 1987)

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