sábado, 5 de mayo de 2012

ANGEL R. LILLO


(Artículo perteneciente a la selección “Torre del Faro”, publicada en 1992)


         Ha muerto Ángel R. Lillo, escultor. Y la muerte, para mayor crueldad, le ha asestado su puñalada lejos de Ceuta, lejos de donde él quería que se quedase su obra favorita, su Dama de Ceuta, como la más hermosa huella de su paso por el mundo que podía dejar en la tierra que le vio nacer. Ha muerto, y su Dama de Ceuta, por desidia de quienes se tienen que ocupar de estas cosas en esta ciudad, se va a quedar en la tierra que vio morir a su autor. ¡Cosas del destino, tristes cosas en las que los hombres han tenido también su culpa!

         Hacía sólo un mes, o menos, que Ángel había regresado de Ceuta a los EE.UU. donde residía desde hace años y donde tenía su taller y casi toda su obra. Estuvo aquí con nosotros en el mes de julio y parte de agosto. Y había expuesto en la sala Caja Ceuta una muestra de su obra pictórica. Además, y para que conociéramos algo de su abundante producción escultórica, casi toda en EE.UU., nos ofreció una proyección de diapositivas que él mismo fue comentando con amenas palabras, cargadas de humanidad y sencillez, como en una conversación entre amigos. Vino postrado en una silla de ruedas, roto por una enfermedad. Y sin embargo, a pesar de su desvalimiento, había en su mirada y en su sonrisa una especie de serena paz y de alegría, como sintiéndose muy feliz de estar de nuevo entre los suyos. Pero había también en él un cierto aire de dolido cansancio. Su pena, su amarga congoja -según nos confesó a algunos amigos-, era que su Dama de Ceuta no estuviera aquí. Y yo propuse públicamente, en este mismo periódico, que habría que organizar una suscripción popular para rescatar esa obra, en el caso de que otras instancias más pudientes y obligadas no asumiesen esa empresa.

        Pero Ángel R. Lillo se ha ido definitivamente a donde ningún regreso es posible, y no ha podido ver cumplido ese deseo suyo. ¿Qué se puede decir ahora?, ¿de qué sirven ya las palabras? Cuando se pudo hacer, no se hizo. Se le pusieron trabas, pretextos, condiciones, etc. Y en cambio no se tuvieron remilgos para instalar en pleno corazón de la ciudad dos mediocres estatuillas de un escultor foráneo, pagadas, eso sí, a muy buen precio. Esta es una de las contradicciones de esta ciudad, que parece vivir siempre vuelta hacia sí misma, pero ignora a veces a sus propios hijos.

     Yo no sé qué sino fatal parece complacerse en que artistas ceutíes mueran lejos de Ceuta. Primero fue el poeta José María Arévalo, y ahora Ángel R. Lillo. Pero si aquél tuvo la fortuna de que aquí en Ceuta se le rindiera el homenaje que merecía, no ha ocurrido lo mismo con éste. Y lo que es peor y más penoso: la Dama de Ceuta se queda allá en tierras americanas, donde muchos podrán contemplarla y disfrutar con su belleza sin pensar para nada en la ciudad que le da nombre.

     En ningún jardín de esta ciudad, ni en ningún otro lugar público donde pueda estar a la vista de todos, hay alguna obra de Ángel R. Lillo. A muchos ceutíes este nombre tampoco les dice nada, o si acaso recuerdan que un día, no hace mucho, apareció en el periódico porque había hecho una exposición. Ahora, tal vez, por eso de la importancia que da la muerte, muchos aquí alcanzarán a saber que era un escultor, que nació y creció aquí, que se marchó a EE.UU. Y que su obra la Dama de Ceuta se exhibe en un museo norteamericano. Yo confío en que, como homenaje póstumo, sientan la emoción que da el orgullo: como hijo que era de Ceuta, bien merece que nos sintamos orgullosos de él. Es lo menos que le debemos.




Ángel R. Lillo (1930/1989). In Memoriam





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