jueves, 10 de mayo de 2012

ABELARDO


(Artículo perteneciente a la selección “Torre del Faro”, publicada en 1992)


         Tiene su pequeña fama en Ceuta: la del que está en todas partes, como Dios. Le inviten o no, él asiste a todo, lo mismo a una fiesta que a un duelo, y saluda a todo el mundo cordialmente, confianzudamente incluso, siempre atento, servicial, comunicativo y sin malicia. Y no hace daño a nadie, más que a los intolerantes que no soportan su ubicuidad, y a los envidiosos que no aciertan a estar en tantos actos, sucesos y lugares como él. Pero a mí, en particular, me cae bien este curioso personaje ceutí, pelirrojo y miope, con más ingenuidad y buena voluntad que discreción.

     Cierta noche, cuando por una rara suerte había yo conseguido al fin conciliar el sueño, me despertó a altas horas de la madrugada la interminable pitada de un coche aparcado en la calle de la Marina, justo al pie de mi ventana. Se le había disparado el claxon espontáneamente sin que hubiera nadie en su interior, y aquel molesto sonido no cesaba de perforar mis oídos. Así que tuve que levantarme de la cama, vestirme y bajar a la calle a ver qué podía hacer yo para acabar con aquel inoportuno y condenado pitido. Pero el vehículo estaba cerrado con llave y yo no sabía por dónde meterle mano. Por la calle, a esas horas, no pasaba ni un alma en pena. Y yo me desesperaba porque presagiaba una noche en vela. Pedí mentalmente a la Providencia que apareciese alguien, algún otro vecino desvelado, algún vigilante nocturno, alguien en fin que supiese remediar aquel torturante concierto de una sola nota aguda y pertinaz. Pero sólo gatos y perros merodearon por allí, husmeando por entre las bolsas de basura. 

     De pronto escuché un ruido de pasos aproximándose por la calle de La Legión. "Bendito sea el que llegue", pensé. Y era Abelardo, que regresaba a su casa de sabe Dios dónde, y le atrajo aquel estruendo. Enseguida se metió bajo el coche, trasteó por allí no sé cómo, y acabó con el impertinente pitido. ¡Confieso que le hubiera besado, del alivio que sentí! Por eso lo traigo hoy a esta columna, porque una noche me devolvió el silencio.

     Se podrá pensar o decir que estas cosas no son para contarlas en un periódico. Lo lamento. Pero sucesos tan intrascendentes como éste y personas sin más merecimientos que estar en el paisaje humano que me rodea tienen también su importancia para mí: la importancia de ocupar un pequeño lugar, muy pequeño si se quiere pero lugar al fin, en eso que llamamos la pequeña historia de cada día. ¡Y, naturalmente, esta columna no iba a ser un sitio en donde mi amigo Abelardo no pudiera estar también!



(Abelardo)

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